Volví a abrir los ojos, y otra vez sangre y vomito. ¿Qué había pasado? Sencillo, apareció el chico de los domingos a rescatarme. Me quería demasiado como para dejarme ir. Me demostró una y otra vez lo precioso que es tener personalidad propia. Lo maravilloso de dejarte llevar únicamente por ti mismo. La chica de los mil males al fin tiene nombre. Recordó que la realidad está guidada por el absurdo del mundo aleatorio. Y al fin, dejó de llorar, para poder comenzar otra vez a soñar. Guiándose únicamente por lo que la quedaba en este mundo. Ella misma. Y cuando comenzó a perdonarse una y otra vez por sus pequeños errores, al fin se dio cuenta, de lo bonito que es ser feliz de una vez. Y vio miradas asustadas que la miraban con humildad una vez más. Recordó la palabra respeto, dignidad, y ansía. Olvidándose al fin del miedo, el orgullo y la avaricia. Levo anclas hacia un nuevo horizonte de tranquilidad y diversión.
Y a quien no le guste, que se joda.
Adiós Mía, adiós amores trágicos, adiós a todos. Porque no pienso volver atrás nada más que para coger perspectiva y poder seguir corriendo por todo lo que me rodea. Volar en la ladera, sumergirte hasta lo más profundo del agua para poder salir una vez más despedido por el aire, correr al lado de bestias salvajes que aun no han sido dominadas por el miedo. Intentando no perder jamás el respeto.
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